Codigo Mariposa- Ecos del tiempo

1863

El mundo no regresó de golpe.
Primero fue el sonido.
Viento.
Un viento constante, antiguo, que arrastraba hojas secas contra la piedra.
Luego vino el frío.
Nyara abrió los ojos… pero no eran sus ojos.
El cielo estaba cubierto por nubes pesadas, teñidas de un gris violáceo que anunciaba tormenta. Frente a ella se extendía un camino de piedra irregular, húmedo, rodeado por árboles altos de troncos oscuros.
Sus manos no eran las mismas.
Más ásperas. Más firmes.
Manos que sabían sostener un arma.
Nyara respiró… y sintió el peso del aire en los pulmones.
No estaba observando.
Esta vez estaba dentro.
Un latido.
Luego otro.
Y entonces, una voz.
—No deberías estar sola aquí.
Nyara —o la joven cuyo cuerpo ahora habitaba— se giró lentamente.
Un hombre estaba de pie entre los árboles.
No llevaba uniforme, pero su presencia imponía una autoridad silenciosa. Sus ojos recorrían el entorno antes de detenerse en ella.
—Te están buscando —añadió.
Ella no respondió de inmediato.
Apretó el arco entre sus manos.
—Siempre me están buscando.
Su voz era distinta.
Más grave. Más contenida.
El hombre dio un paso hacia adelante.
—Esta vez es diferente.
El viento se levantó con más fuerza.
Las hojas comenzaron a girar alrededor de ellos.
Nyara sintió algo extraño en el pecho.
Una certeza.
—¿Por qué ahora? —preguntó ella.
El hombre dudó.
—Porque cumpliste veintiuno.
El mundo pareció tensarse.
Algo en esas palabras tenía peso.
Consecuencia.
Destino.
—Entonces ya lo sabes —dijo ella en voz baja.
—Lo sospechaba.
Un silencio breve se extendió entre ambos.
—¿Y aun así viniste? —preguntó ella.
El hombre la miró con una mezcla de determinación y tristeza.
—No iba a dejarte desaparecer sin entender por qué.
Nyara sintió un estremecimiento.
Desaparecer.
La palabra se clavó en su mente.
—No es una desaparición —murmuró ella—. Es algo más.
El cielo rugió a lo lejos.
Un trueno contenido.
La joven levantó la mirada.
Y entonces lo sintió.
Ese mismo tirón que Nyara había experimentado antes.
Como si algo invisible estuviera tirando de ella desde dentro.
Desde otro tiempo.
Sus manos temblaron.
El arco cayó al suelo.
—Ya empezó… —susurró.
El hombre dio un paso rápido hacia ella.
—¿Qué empezó?
Pero ella ya no lo escuchaba.
El mundo a su alrededor comenzó a distorsionarse.
Los árboles se alargaron.
El cielo se fragmentó.
—La mariposa… —dijo apenas—. Siempre empieza con la mariposa…
Sus rodillas cedieron.
El hombre la sostuvo antes de que cayera.
—¡Dayana!
El nombre resonó.
Fuerte.
Real.
Y en ese instante, Nyara entendió algo con claridad absoluta:
Esto no era un recuerdo.
Era el origen.
La luz se quebró.
Nyara despertó con un golpe seco contra el suelo.
Había caído de la silla.
La computadora seguía encendida.
La pantalla ahora mostraba múltiples líneas nuevas.
Datos.
Fechas.
Nombres.
Todos tachados.
Excepto uno.
DAYANA — ACTIVA
Nyara se levantó con dificultad.
—No… no puede ser…
Desplazó la pantalla.
Más nombres.
Más fechas.
Todos con el mismo patrón.
Edad: 21
Estado: DESAPARECIDO
Nyara sintió que el aire se volvía pesado.
—Todos ellos…
Entonces lo entendió.
No era un caso aislado.
Era un patrón.
Un sistema.
Y Dayana…
no fue la única.



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En el texto hay: suenos, romance, ficcion

Editado: 04.04.2026

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