El aire era frío y pesado aquella noche.
Alexander apenas podía escuchar los disparos lejanos por encima del latido descontrolado de su propio corazón. Tenía las manos cubiertas de sangre, y no recordaba en qué momento habían comenzado a temblar.
—¡Ayuda! —gritó con la voz quebrada—. ¡Necesito ayuda!
El silencio que lo rodeaba era insoportable.
Entre sus brazos, Anneliese respiraba con dificultad. Su vestido claro estaba empapado y la sangre seguía escapando entre los dedos de Alexander mientras intentaba presionar la herida.
—No... no te duermas —murmuró con desesperación—. Anne, mírame... estarás bien. ¿Me oyes? Vas a estar bien.
Los ojos azules de ella buscaron los suyos, cada vez más apagados.
Alexander negó una y otra vez, como si pudiera negar también lo que estaba ocurriendo.
—Perdóname... —su voz se quebró—. Perdóname por todo. Por haberte dejado sola... por no haber creído en ti.
Las palabras salieron torpes, cargadas de culpa.
Anneliese levantó una mano temblorosa y rozó la mejilla de Alexander. Sus dedos estaban manchados de su propia sangre, y al tocarlo dejaron una marca roja sobre su piel.
Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—Alexander...
Él apoyó la frente contra la de ella.
—Estoy aquí... no voy a dejarte.
Anneliese respiró con dificultad, como si cada palabra le costara demasiado.
—Siempre supe... que terminaríamos así.
Alexander apretó los ojos con fuerza.
—No digas eso... no digas eso.
Volvió a gritar, con una desesperación que parecía romper la noche.
—¡Ayuda!
Por un momento, creyó que nadie lo escucharía.
Pero entonces, a lo lejos, vio movimiento.
Un grupo de soldados corría hacia ellos a toda prisa. Entre sus manos llevaban una camilla y un equipo médico que brillaba bajo la luz pálida.
Alexander sostuvo a Anneliese con más fuerza, como si temiera que desapareciera entre sus brazos.
—Resiste, Anne... —susurró con la voz rota—. Ya vienen.
Ya vienen.