Sus obras eran extravagantes, intensas, casi obscenamente humanas. Cada pintura mostraba una emoción distinta: la melancolía de una despedida que nunca ocurrió, el deseo contenido en una mirada que no se atrevió a pedir nada, el miedo de amar demasiado. No eran simples cuadros. Eran fragmentos vivos.
Las esculturas, en cambio, parecían respirar. Cuerpos detenidos en gestos incompletos, manos que buscaban algo que ya no estaba, rostros inclinados como si aún esperaran una respuesta. Todas estaban llenas de nostalgia… y de un deseo reprimido que jamás encontró salida
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