El taller siempre olía a trementina y a algo más difícil de nombrar. No era sangre. Era recuerdo.
Las paredes estaban cubiertas de rostros que no parpadeaban, de miradas que sabían demasiado. Ninguna pintura estaba firmada. No hacía falta. Todos sabían quién era el autor.
Le llamaban el fabricante de lágrimas porque sus obras no pedían ser comprendidas: exigían ser sentidas. Quien las miraba demasiado tiempo sentía un peso en el pecho, una opresión dulce y cruel, como recordar a alguien que se fue sin despedirse.
Cada lienzo contenía una emoción detenida en su punto más agudo. No el llanto… sino el segundo exacto antes de que ocurra.
Él no pintaba personas. Pintaba el instante en que alguien comprende que ama demasiado.
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