Sus esculturas eran peores.
Cuerpos reales, inmóviles, atrapados en gestos inconclusos.
Dedos que nunca terminaron de tocar, labios separados por palabras que jamás fueron dichas.
Eran monumentos al deseo reprimido, a todo lo que se quiso y no se pidió.
Decían que estaba loco.
Él prefería pensar que estaba lúcido.
Porque amar era aceptar la pérdida.
Y él se negó.
Las elegía con cuidado. Siempre era así.
Una conversación demasiado larga, una risa que se le quedaba adherida a los oídos, una forma de mirarlo como si pudiera salvarlo.
Entonces el miedo aparecía.
El miedo a que se fueran.
A que eligieran otro mundo, otra vida, otro cuerpo.
A convertirse en un recuerdo más.
Las amaba con una devoción silenciosa, obsesiva, total.
Y cuando el amor alcanzaba su punto más insoportable…
las detenía.
<3