Les pedía que se quedaran quietas. Solo un momento. Solo para siempre.
Pintaba con manos temblorosas, llorando sobre el lienzo, mezclando sal con pigmento. Cada trazo le arrancaba algo: una memoria, una esperanza, un fragmento de sí mismo. Por eso sus cuadros estaban vivos. Porque estaban hechos de pérdida real.
Después, el silencio.
El taller se llenaba de una calma espesa, casi religiosa. Una nueva obra ocupaba su lugar en la pared. Y él… era un poco menos.
Con el tiempo dejó de dormir. Soñaba despierto con voces que lo llamaban desde los lienzos. No le reclamaban. Eso era lo peor.
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