Cuando el lienzo estuvo terminado, ella ya no respiraba. No hubo lucha. No hubo gritos.
Solo una quietud terrible, como si el mundo hubiera decidido no continuar.
El cuadro era perfecto. Demasiado.
Ella lo miraba desde la tela con una tristeza infinita, como si hubiera comprendido todo en el último segundo. Y por primera vez, él sintió algo distinto al amor:
Culpa.
No la enterró. No pudo.
Su cuerpo se convirtió en la primera escultura. La colocó en el centro del taller, con las manos abiertas, como si aún esperara algo.
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