Ella no lo miraba cuando hablaba.
Cerraba los ojos, como si el mundo fuera demasiado para sostenerlo abierto.
Decía que así las palabras salían más limpias.
Que mirar fijamente a alguien era una forma de prometer cosas que no siempre podían cumplirse.
A él le fascinó esa forma de huir sin moverse.
La conoció en una de las visitas silenciosas a la galería. No lloró, no preguntó, no tocó nada. Se quedó frente a una escultura durante largos minutos, con los ojos cerrados.
—¿Qué ves? —preguntó él, sin saber por qué.
—Lo que no quiso decir —respondió ella.
Esa respuesta se le clavó como una confesión ajena.
La invitó al taller.
Ella aceptó sin miedo, como si ya hubiera tomado una decisión invisible.
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