Hablaba de su infancia en fragmentos, de voces que no la escucharon, de manos que soltaron demasiado pronto. Cada recuerdo era incompleto, como si nunca hubiera terminado de ocurrir.
Él la escuchaba con devoción.
Siempre había amado a quienes parecían rotos de una forma compatible con la suya.
Posó sentada, con el rostro ligeramente inclinado, los ojos cerrados.
—Así estoy bien —dijo—. No necesito ver para quedarme.
Pintarla fue doloroso.
Cada trazo parecía un susurro.
Cada sombra, una palabra que no se dijo a tiempo.
Cuando llegó el momento final, ella no abrió los ojos.
Ni siquiera cuando él tembló.
Ni siquiera cuando las lágrimas cayeron sobre su rostro inmóvil.
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