Ella fue un error distinto. No porque no lo amara, sino porque lo amó de la forma correcta.
Entró a la galería como quien entra a una herida ajena con cuidado. No miró las obras buscando emoción, sino explicación. Sus ojos recorrían cada cuadro como si leyera un idioma antiguo.
—Aquí hay alguien que sufre —dijo.
No alguien que mata. No un monstruo. Alguien que sufre.
Eso lo desarmó.
Ella volvió muchas veces. Siempre dejaba flores secas en un rincón, como si supiera que nada vivo podía durar ahí dentro. Le hablaba con suavidad, sin miedo, sin adoración.
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