Esa noche, lloró frente a ella.
Lloró como nunca.
—No sé amar sin destruir —confesó.
Ella lo tomó de las manos.
Estaban frías.
—Entonces aprende —dijo—. O déjame ir.
Ese fue el momento exacto en que él entendió que perderla sería más doloroso que matarla.
Y eso lo decidió todo.
Cuando terminó, ella lo miró con decepción, no con miedo.
—No querías que me quedara —susurró—. Querías que no me fuera.
Su obra fue la más luminosa…
y la más cruel.
Desde entonces, él perdió algo irreparable:
la ilusión de que hacía esto por amor.
Colgó su retrato lejos de los otros.
No soportaba que lo mirara como si aún hubiera una salida.
Y esa noche, por primera vez,
pensó en detenerse.
Pero el taller ya estaba lleno.
Y las paredes no devuelven lo que toman.
<3