Ella nunca se dio cuenta.
Ese fue el verdadero pecado.
No era cercana, no era íntima, no compartían confidencias ni promesas. Era una presencia constante, discreta, casi invisible. Pasaba por su vida como pasan las estaciones: sin pedir permiso y sin dejar aviso cuando se van.
Él la observó durante meses.
La forma en que fruncía el ceño al pensar.
La manera en que tocaba los objetos, como si temiera romperlos.
El hábito de morderse el labio cuando estaba nerviosa.
La amó en silencio.
Como se aman las cosas que creemos no merecer.
Nunca le dijo nada.
El deseo creció encerrado, deformándose.
Cada palabra no dicha se volvió peso.
Cada gesto ignorado, una herida pequeña y constante.
<3