Ella no quería amor.
Quería exclusividad.
Entró a la galería con la mirada afilada, comparando rostros, midiendo emociones ajenas como si fueran amenazas. No lloró frente a las obras. Frunció los labios.
—Todas se parecen —dijo—.
Pero ninguna debería parecerse a mí.
Eso le intrigó.
Se acercó a él con una seguridad que rozaba la exigencia. Le habló de su miedo a ser reemplazada, de cómo siempre había sido una más en historias que prometían ser únicas. Lo miró como si ya le perteneciera.
—Si vas a mirarme —advirtió—, que sea solo a mí.
Él aceptó sin pensarlo.
El ego aún estaba caliente.
Durante las sesiones, ella observaba los otros cuadros.
—No quiero esa luz —decía—.
No quiero esa tristeza.
Quiero algo que nadie más tenga.
<3