Pintarla se volvió una competencia silenciosa.
Cada trazo buscaba diferenciarla, separarla, elevarla por encima de las demás.
Ella sonreía satisfecha al verse distinta.
—Ahora sí —susurró—. Ahora no podrán tocarme.
El final fue rápido.
No hubo miedo.
Hubo triunfo.
Su retrato fue el más contrastado de todos.
Colores más vivos.
Sombras más duras.
Desde entonces, los cuadros comenzaron a “mirarse” entre sí.
No envidia humana, sino una tensión sorda, como si cada emoción reclamara ser la más intensa.
Él empezó a comparar recuerdos.
A jerarquizarlos.
A preguntarse cuál había dolido más.
Colgó el cuadro de ella un poco más alto que los demás.
No por amor.
Por orden.
Y así nació la competencia entre ausencias.
Porque cuando el amor se convierte en colección,
ya no busca sentir…
busca ganar.
<3