Y ahora el silencio se rompe
Ella llenaba los espacios antes de entrar en ellos.
Su voz llegaba primero.
Después el cuerpo.
Reía alto, lloraba alto, amaba alto. Todo en ella era exceso, como si temiera desaparecer si no hacía ruido. Dijo que el silencio la asfixiaba, que había aprendido a gritar para no ser olvidada.
A él lo atrajo como un incendio.
—Aquí no se grita —le advirtió, señalando la galería.
Ella sonrió.
—Entonces alguien tendrá que escucharme.
Durante las sesiones no paraba de hablar. Contaba historias inconclusas, confesiones que no pedían respuesta, recuerdos que parecían inventados en el momento. Lloraba y reía en el mismo minuto.
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