Pintarla fue violento.
No por el acto…
sino por la saturación.
Los colores se atropellaban. Las líneas no encontraban reposo. El lienzo parecía rechazarla, como si el exceso no pudiera quedarse quieto.
—¿Te molesto? —preguntó ella una noche, con los ojos enrojecidos.
Él negó.
Pero el ruido ya le perforaba el cráneo.
Cuando todo terminó, el silencio cayó como una blasfemia.
Pesado.
Irreal.
Su retrato fue caótico:
boca abierta, ojos encendidos, una emoción tan intensa que parecía a punto de romper el marco.
Desde entonces, él empezó a odiar el sonido.
Los pasos.
Las voces.
El latido propio.
<3