La invitó al taller sin saber por qué. Quizá porque, por primera vez, alguien parecía no querer quedarse… sino entender.
Durante las sesiones, ella hablaba poco. Observaba mucho. Tocaba los lienzos con cuidado, como si escuchara algo debajo de la pintura.
—Siguen aquí —susurró una vez—. No como recuerdos. Como preguntas.
Eso lo persiguió.
Pintarla fue una intimidad peligrosa. Cada trazo parecía una confesión mutua. Él sentía que ella lo veía más de lo que debía. Que estaba entrando en lugares que nunca había ofrecido.
—No te voy a salvar —le dijo—. Pero puedo decirte la verdad.
El miedo regresó. No a perderla… sino a ser visto.
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