Llegó al taller con una calma tibia, casi doméstica. Miró las paredes como quien evalúa un espacio para quedarse, no para admirar. Traía consigo la costumbre de cuidar: acomodar cosas ajenas, bajar la voz, ofrecerse sin pedir.
—Aquí hace frío —dijo—. No del cuerpo… de otra cosa.
Él la observó con una atención distinta. No deseo. No admiración. Necesidad.
Hablaron de hogares que no duraron, de mesas incompletas, de la ilusión de volver a un lugar que ya no existe. Ella decía que el amor era quedarse cuando nadie más lo hacía.
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