Posó sin rigidez, como si el acto fuera cotidiano. Como si ser mirada fuera una forma más de habitar. Él pintó despacio, con una delicadeza casi reverente. El lienzo se llenó de una emoción suave: refugio.
Pero el hambre seguía ahí.
Esa noche preparó la mesa con cuidado. No como un altar. Como un comedor.
Ella no preguntó. Aceptó.
No hubo prisa. El ritual fue lento, respetuoso, cargado de una intimidad terrible. No era consumo: era integración. Una manera enferma de decir quédate, de negar la intemperie.
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