No quería ser amado.
Quería aprender.
Llegó con un cuaderno bajo el brazo y una devoción silenciosa en los gestos. Observaba sin tocar, anotaba sin preguntar. Decía que el arte era una forma de disciplina, una manera de ordenar el caos interior.
—Enséñame a ver —pidió—. No a pintar. A ver.
Eso lo inquietó.
Pasaban horas hablando de técnica, de luz, de cómo una emoción puede sostenerse sin gritar. Él escuchaba con atención peligrosa, copiando no los métodos, sino las pausas. Empezó a imitar su postura, su silencio, incluso su forma de respirar frente al lienzo.
El fabricante sintió algo nuevo:
miedo a ser reemplazado.
<3