Posó con serenidad, sin expectativas. No buscaba inmortalidad; buscaba comprensión. Pintarlo fue como afilar un espejo: cada trazo devolvía una versión demasiado cercana.
—Si aprendo lo suficiente —dijo—, quizá ya no te necesite.
La frase cayó pesada.
Esa noche, el ritual regresó. No como cena solemne. Como lección final.
No hubo prisa ni violencia visible. Solo la idea enferma de que, al integrarlo, nadie podría repetirlo. Que su mirada quedaría dentro, no afuera, no imitándolo.
El retrato resultante fue austero, casi académico. Una calma que escondía ambición.
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