—No soy interesante —aseguró—. Y me gusta así.
Él la miraba con una devoción distinta.
No hambre.
No admiración.
Respeto torcido.
Posó casi sin ocupar espacio. Hombros encogidos, manos juntas, el rostro apenas levantado. Pintarla fue un ejercicio de contención: no exagerar, no subrayar, no traicionarla con intensidad.
El cuadro resultó inquietante.
Una presencia tenue, casi ausente.
Como una emoción que pide perdón por existir.
Pero el ritual ya era costumbre.
Y la costumbre no distingue deseos.
La cena fue silenciosa.
Ella no preguntó.
Aceptó como quien se deja llevar por la corriente, cansada de nadar.
<3