—Siempre llego tarde —confesó—.
Cuando quiero quedarme, ya no queda nada.
El fabricante lo escuchó en silencio.
Había algo familiar en esa demora.
Él también había llegado tarde a sí mismo.
Posó con rigidez, como si pidiera permiso para ocupar espacio. Pintarlo fue como trabajar con un tiempo que ya no existía: sombras largas, colores apagados, una mirada cargada de “si hubiera”.
El ritual fue inevitable.
Pero distinto.
No hubo hambre.
Hubo repetición.
Una sensación amarga de déjà vu, como cometer el mismo error sabiendo exactamente cómo termina. Mientras lo integraba, no lloró. Tampoco sintió alivio.
<3