—Si alguien me recuerda —susurró—, que no sea por lo que hice… sino por lo que sentí después.
Él asintió.
Esta vez no hubo solo pintura.
El ritual fue completo.
Preparó la mesa como si fuera un altar íntimo. No hubo violencia explícita, solo una entrega silenciosa, casi devota. Para él, comer no era destruir: era negar la separación.
Cada gesto fue una negación del olvido. Cada acto, una forma torcida de misericordia.
—Ahora no cargarás sola —pensó—. Ahora eres parte de mí.
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