Con lo que quedó, no escondió nada.
Los restos no eran desperdicio.
Eran material.
Trabajó durante días en silencio, creando una escultura distinta a todas: fragmentaria, incompleta, pero profundamente humana. No un cuerpo entero… sino una memoria ensamblada.
La colocó en el centro del taller.
No miraba al frente.
Miraba hacia adentro.
El retrato, en cambio, fue tenue.
Una mujer con los ojos cerrados, como quien finalmente deja de pedir perdón.
Desde entonces, el taller cambió otra vez.
Las esculturas ya no parecían representar ausencia.
Parecían presencia acumulada.
Y él empezó a entender algo aterrador:
Ya no solo los recordaba.
Ya no solo los contenía.
Ahora los habitaba.
Su cuerpo comenzó a sentirse lleno de voces.
De gestos que no eran suyos.
De culpas que no había cometido.
Y aun así…
por primera vez,
no se sintió solo.
<3