Se acercó al centro del taller. A la escultura fragmentaria que miraba hacia adentro.
—Esto no es un crimen común —susurró—. Es un santuario enfermo.
El Fabricante sonrió apenas.
—¿Y qué hace uno cuando encuentra un templo?
El inspector guardó silencio. Sacó una libreta, pero no escribió nada. Cerró los ojos un instante, como quien escucha una voz lejana.
—Se pregunta —respondió— si el dios que vive aquí eligió serlo… o si fue creado por quienes no quisieron irse.
Antes de marcharse, se detuvo en la puerta.
—Volveré —dijo—.
No para atraparlo.
Para entender si esto… puede detenerse solo.
Cuando se fue, el taller quedó distinto.
El Fabricante tocó su pecho.
Las voces se agitaron.
La que no quiso quedarse gritó más fuerte.
Y, entre todas, apareció una nueva duda:
¿Y si la eternidad… también puede cansarse?
<3