Ella llegó con las manos manchadas de carbón.
No de sangre.
De bocetos.
—No vengo a juzgar —dijo—. Vengo a entender cómo se sostiene algo que no debería existir.
Traía consigo una libreta gastada, llena de estudios de gestos: párpados caídos, bocas a punto de confesar, manos tensas como si pidieran quedarse. Había pasado semanas frente a la galería, observando sin entrar, aprendiendo a mirar sin tocar.
El Fabricante no la echó.
La curiosidad es una grieta que reconoce a otra.
—El arte no se enseña —advirtió—. Se hereda como una fiebre.
Ella sonrió.
—Entonces no quiero la técnica. Quiero la fiebre.
Caminaron juntos entre las obras. Ella no preguntó nombres. Preguntó pesos.
<3