Ella pidió observar cómo se prepara el taller: la limpieza, el orden, el silencio previo. Aprendió que la permanencia empieza antes del acto, en la intención. Que cada objeto tiene memoria, incluso los que no fueron usados.
—Si me quedo —preguntó—, ¿me convertiré en lo mismo?
El Fabricante tardó en responder.
—Te convertirás en alguien que sabe —dijo—. Y eso es más peligroso.
Esa noche, mientras ella dibujaba en un rincón, el inspector volvió a aparecer en su mente como un eco. La discípula levantó la vista.
—Alguien te busca —dijo sin mirar—. Se siente en la respiración del lugar.
Él no negó.
—Aprender —continuó ella— también es saber cuándo irse.
Cerró la libreta. No pidió quedarse. No pidió ser parte. Dejó un dibujo sobre la mesa: un retrato vacío, solo el marco.
—Para cuando decidas no llenar algo —dijo—.
Y se fue.
El taller quedó más silencioso que nunca.
Y por primera vez, el Fabricante entendió un peligro nuevo, más sutil que el inspector:
Ser comprendido.
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