Ella no trajo flores.
Trajo nombres.
Los dijo uno por uno, como si cada sílaba fuera una herida recién abierta. Personas que habían pasado por el taller, por la galería, por los rumores. Personas que habían mirado el arte y se habían marchado intactas, dejando atrás a otros.
—No vengo por amor —dijo—.
Vengo porque alguien debe pagar por los vacíos que dejaron.
El Fabricante la observó en silencio.
Había aprendido a distinguir el deseo del hambre.
Y lo que ella traía no era hambre: era sed antigua.
—Yo no castigo —respondió—. Solo conservo.
Ella sonrió, sin dulzura.
—Eso también es una forma de condena —replicó—.
Tú decides quién se queda y quién se pierde.
Eso es poder, aunque no quieras llamarlo así.
<3