Le mostró una fotografía. Un rostro banal.
—Él destruyó a mi hermana —dijo—.
No la mató. La dejó vacía.
Quiero que tú lo llenes… de silencio.
La propuesta cayó como una sombra nueva.
El ritual, por primera vez, no nacía del amor, ni del miedo, ni del deseo de permanencia. Nacía de la venganza delegada.
—Si acepto —preguntó el Fabricante—, ¿en qué me convierto?
Ella no dudó.
—En lo que ya eres, pero honesto.
Caminaron entre las obras. Ella no miró con devoción, sino con cálculo. Señaló esculturas, distinguió gestos.
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