No vino nadie.
Y, sin embargo, alguien llegó.
El Fabricante despertó con un dolor que no reconoció como propio. No era punzante, no era agudo: era antiguo, como si hubiera estado esperando su turno. El cuerpo, ese templo improvisado, empezó a cobrar facturas.
Las voces dentro de él ya no murmuraban al unísono. Se superponían. Caminaban. Pesaban.
—No somos infinitos —pensó—.
Solo estamos amontonados.
Intentó trabajar. Preparó el lienzo. Afilaron las herramientas en su mente por costumbre. Pero la mano tembló. La fiebre le nubló los bordes del mundo. Por primera vez, el taller no respondió.
Se miró al espejo.
Vio gestos que no eran suyos.
Posturas heredadas.
Una cicatriz que no recordaba
<3