El cuerpo ya no era un recipiente: era un archivo saturado.
Salió a la calle. Nadie lo buscaba. Nadie lo seguía. Y aun así, cada paso fue un juicio silencioso. La gente pasaba, viva, incompleta, destinada a perderse sin ser guardada.
Sintió una punzada de envidia.
En un banco, un hombre mayor alimentaba palomas. No miró al Fabricante. No lo reconoció. No pidió nada.
Ese anonimato fue una revelación.
Regresó al taller con dificultad. Cerró la puerta. Tomó la llave antigua. Dudó. Las esculturas parecían observarlo con una paciencia terrible.
—No puedo sostenerlos a todos —susurró.
Y, por primera vez, habló en voz alta a quienes vivían en él.
—Si me rompo, nos rompemos.
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