Ella no llegó caminando.
Llegó como llegan los recuerdos cuando el cuerpo ya no puede sostenerlos:
sin forma,
sin peso,
sin permiso.
Fue la primera.
La más antigua.
La que había amado antes de saber nombrar lo que hacía.
No tenía rostro fijo. Cambiaba según el parpadeo. A veces era joven, a veces cansada, a veces solo una silueta sostenida por nostalgia.
—Me prometiste quedarme —dijo, sin reproche.
El Fabricante no se levantó. Estaba sentado en el suelo del taller, apoyado contra una escultura que empezaba a agrietarse.
—Te prometí no perderte —respondió—.
Y confundí eso con poseerte.
Ella se acercó. No tocó nada. No hacía falta.
<3