—Nos hiciste eternos porque tenías miedo —susurró—.
Pero el miedo también cansa.
El aire vibró.
Una de las esculturas emitió un sonido seco, como un hueso viejo cediendo al tiempo. No fue violento. Fue natural.
—Si te dejo ir —preguntó él—, ¿qué queda de mí?
Ella sonrió con una ternura insoportable.
—Lo que nunca pudiste pintar.
El Fabricante tomó la decisión con un gesto mínimo: giró la llave dentro de sí. No cerró una puerta física. Cerró la retención.
La escultura se resquebrajó lentamente. No se desmoronó de golpe. Se convirtió en polvo fino, casi hermoso, como ceniza suspendida.
El retrato perdió los ojos.
Luego la boca.
Luego el nombre.
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