El taller respondió con un crujido largo, como un suspiro retenido durante años. La escultura del hombre no se rompió de inmediato. Resistió.
Porque había voluntad. Porque había acuerdo.
Liberarlo fue más difícil.
No hubo polvo suave esta vez. Hubo fragmentos que tardaron en soltar su forma. El retrato se negó a borrarse por completo; los ojos permanecieron unos segundos más, mirando con una mezcla de orgullo y tristeza.
—No te perdono —dijo el hombre, ya desvaneciéndose—. Pero te entiendo.
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