Porque liberar no era solo un acto ético. Era una traición íntima.
La escultura de ella no se agrietó. No cedió. Era la más completa de todas: manos entrelazadas, espalda erguida, un gesto que parecía prometer espera eterna.
—Yo no fui prisionera —susurró—. Fui hogar.
El Fabricante avanzó con dificultad. Cada paso era un recuerdo arrancado. Cada respiración, una despedida que no quería pronunciar.
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