La periodista escribió un último texto. No lo publicó. Lo guardó. Entendió que algunas historias no buscan lectores, sino descanso.
La discípula supo, sin que nadie se lo dijera. Cerró su libreta. Aprendió a dibujar cuerpos incompletos, vivos, condenados a desaparecer como todos.
Y él…
Él caminó.
Por calles comunes.
Entre gente que no sabía nada.
Con un cuerpo que dolía distinto: no por exceso, sino por ausencia.
A veces, al pasar frente a un espejo, buscaba gestos ajenos.
No los encontraba.
Eso también dolía.
Descubrió algo simple y devastador:
la vida sin testigos no se inmortaliza,
pero ocurre.
<3