Porque la mirada siempre fue su primer instrumento.
Una mujer en el metro. No hermosa, no trágica. Solo cansada. Sus ojos tenían la misma opacidad que él había visto antes del ritual, antes del mito, antes de todo.
Sintió el viejo impulso.
No el de tomarla. El de guardar.
Se alejó.
El cuerpo le dolió como si hubiera negado un reflejo aprendido. Comprendió que el ritual no había muerto: había quedado desprogramado, esperando una excusa para volver a nombrarse.
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