La abstinencia no lo volvió bueno. Lo volvió hambriento. Había dejado el taller, pero el gesto seguía ahí: la necesidad de fijar lo efímero, de clavar al mundo para que no huyera. Ya no tenía esculturas. Ya no tenía ritual. Solo tenía pulso. Y el pulso pedía realidad. La primera vez fue un accidente —así se dijo. Un forcejeo breve. Un silencio que duró más de lo debido. Cuando la sangre apareció, no la miró con horror. La miró con claridad. No era pintura. No era símbolo. Era algo que había sido vida segundos antes. Y entendió la herejía final: El arte siempre había sido una mentira hermosa.
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