El Fabricante sintió algo que no había sentido antes.
No celos.
Responsabilidad.
Porque el imitador dejaba pistas. Porque convertía el misterio en espectáculo. Porque la devoción, cuando es torpe, grita.
Mientras tanto, el otro —el que miraba desde lejos— se hundía rápido. No buscaba crear; buscaba ser visto por quien lo había creado a él. Repetía gestos, deformaba símbolos, exageraba la ausencia. Cada obra era una carta sin destinatario.
—Mírame —decía sin decirlo—. Estoy aquí. Soy como tú.
Y el Fabricante entendió la trampa final del arte oscuro:
cuando una obra vive demasiado, aprende a reproducirse.
Decidió no intervenir. Aún no.
Observó
<3