El imitador cometió su primer error una noche sin testigos.
Quiso mejorar la obra.
Donde el Fabricante dejaba silencio, él añadió exceso.
Donde había contención, puso urgencia.
Donde había duelo, dejó hambre.
La pieza apareció al amanecer, colgada en un lugar impropio para el misterio. No era un retrato: era una confesión torpe. La sangre —demasiada, mal usada— ya no era lenguaje, sino ruido. El gesto final no hablaba de amor ni de pérdida, sino de necesidad de aplauso.
El Fabricante lo supo al verla, aun sin estar ahí.
Alguien había pintado sin haber amado.
Sintió algo parecido a la decepción que se siente por un hijo que no entiende el mundo que imita. Porque el arte oscuro no se aprende copiando formas, sino sobreviviendo al peso de cada ausencia. Y el imitador no cargaba ausencias: cargaba envidia.
<3