Por primera vez, la obra oscura fue rechazada. Y el imitador comprendió demasiado tarde la diferencia: el Fabricante nunca quiso ser entendido. Él sí. Mientras tanto, en un lugar sin nombre, el verdadero creador observaba el temblor del mundo. No celebró. No se enfureció. Sintió algo más peligroso: confirmación. El imitador había fallado porque no supo desaparecer dentro de su obra. Se quedó atrapado en ella. Entonces el Fabricante hizo lo impensable. Creó una pieza que nadie vería completa. Una obra fragmentada, dispersa, imposible de atribuir a una sola mano. No llevaba sangre visible. No llevaba firma. Solo una emoción precisa: la duda. Quien la encontrara no sabría si era del mito… o del aprendiz desesperado.
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