Y así, el mundo empezó a preguntarse algo nuevo: ¿Y si nunca hubo uno solo? ¿Y si el Fabricante de Lágrimas no era un hombre, sino una herida que aprende a replicarse? El imitador, al sentir que su identidad se disolvía, entendió el castigo final: no sería recordado como autor, sino como error. Y en la sombra, el Fabricante sonrió de nuevo. No porque ganara. Sino porque el arte, por fin, había vuelto a doler correctamente.
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