Le susurró que el mito lo estaba guiando. Que cada fallo era una prueba. Que el verdadero reconocimiento llegaría cuando dejara de temer. Y obedeció. Creó sin descanso. No por amor ni por duelo, sino por obediencia. Ya no elegía: reaccionaba. Cada nueva pieza era más fría, más vacía, más correcta. Técnicamente impecable. Emocionalmente muerta. El Fabricante lo notó desde lejos. No porque viera las obras, sino porque ya no dolían. Entonces ocurrió algo inesperado. Una tercera mano.
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