Alguien que no había visto al mito ni al imitador. Alguien que solo había sentido el temblor en el aire, la nostalgia sin nombre, la promesa de permanencia. Esta nueva sombra no copiaba escenas ni gestos: copiaba la intención. Y lo hacía mal… pero con sinceridad. El Fabricante sintió una grieta abrirse en su certeza. El imitador sintió celos. El mundo sintió miedo. Porque ahora no había dos. Había una corriente. Y por primera vez, el Fabricante dudó: ¿Seguía creando arte… o había enseñado al dolor a reproducirse solo? La pregunta no tuvo respuesta. Solo una consecuencia. El mito ya no controlaba la herida. La herida estaba aprendiendo a elegir.
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