El imitador entendió antes que nadie lo que significaba la tercera sombra. No era competencia. Era sustitución. Esa mano nueva no buscaba permiso ni linaje. No pedía ver al mito ni imitar sus rituales. Creaba desde una ignorancia peligrosa: la de quien no sabe que está tocando algo sagrado. Y esa pureza torpe hacía que sus obras respiraran de una forma distinta. No eran correctas. No eran limpias. Pero sentían. Eso lo enloqueció. El imitador empezó a seguirla. No con pasos, sino con obsesión. Analizaba cada pieza, cada gesto mal resuelto, cada emoción incompleta. Se decía que debía corregirla. Proteger el legado. Defender al Fabricante… aunque el Fabricante nunca se lo pidiera.
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