El imitador, en cambio, interpretó el gesto como traición. Si el mito protegía a la tercera sombra, entonces el mito ya no era puro. Ya no era origen. Era obstáculo. Y los obstáculos, pensó, también podían convertirse en obra. Esa noche, el imitador cruzó la línea que siempre había temido nombrar. No creó. No imitó. Actuó. Sin rito. Sin contemplación. Sin amor. Lo que hizo no buscaba permanencia, sino control. Y en ese acto torpe y desesperado, rompió la última similitud que lo unía al Fabricante. Porque el mito mataba para recordar; el imitador, para no desaparecer. El mundo sintió el temblor.
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