El Fabricante volvió a caminar por la ciudad como si pisara un recuerdo ajeno. No buscaba rostros. Buscaba rastros de intención. Había aprendido a leerlos: en la manera en que una puerta quedaba entreabierta, en el silencio demasiado limpio de un callejón, en la prisa mal disimulada de quien cree estar creando destino. El imitador dejaba huellas sin saberlo, como alguien que confunde urgencia con propósito. Mientras tanto, el imitador sentía que algo lo seguía, pero no podía nombrarlo. No era la policía. No era el público. Era una corrección invisible. Cada vez que intentaba crear de nuevo, algo fallaba: la luz, el espacio, el pulso. Como si el mundo le negara el ritmo.
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