—No me mires —susurraba—. Mírame. Y ese ruego, repetido, lo vaciaba. La tercera sombra, por su parte, comprendió tarde la advertencia. El lienzo al revés había sido un perdón… y una despedida. Entendió que alguien había decidido que su miedo merecía futuro. Y esa gratitud la llenó de una culpa nueva: vivir cuando otros no. El mundo, ajeno y atento a la vez, comenzó a cerrar los ojos. Galerías silenciosas. Talleres abandonados. El rumor se volvió superstición. Nadie quería ser el siguiente recuerdo. El Fabricante se detuvo frente a una pared desnuda y supo que no volvería a colgar nada. La obra final no sería visible. No sería firmada. No sería encontrada. Sería una omisión.
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