Colección de lágrimas

Parte XLVI: El hambre del silencio

El imitador despertó con una certeza insoportable:
nadie lo estaba mirando.
No había pasos detrás.
No había correcciones en el aire.
No había señales.
El mundo, de pronto, no reaccionaba.
Intentó crear. Preparó el espacio con una meticulosidad nerviosa, repitió gestos que había memorizado como oraciones. Pero la obra no respondió. La emoción no llegó. El pulso no sostuvo nada. Era como gritar dentro de una habitación sin paredes: la voz se perdía antes de nacer.
Comprendió entonces el castigo.
No era persecución.
Era irrelevancia.

<3



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En el texto hay: psicologico

Editado: 17.01.2026

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